El costo lo pagan los estudiantes, los docentes y la ciudadanía que financia el sistema sin poder saber cómo funciona. PISA se aplica cada tres años. Panamá debería seguir ese mismo camino: usar el regreso a PISA no solo para medirse, sino para estudiar sistemáticamente esos casos de éxito, comparar políticas y emular lo que funciona. Panamá ha participado de manera intermitente desde 2009, saltándose los ciclos de 2012 y 2025. Panamá tampoco participó en el ciclo de 2012. Por eso, la participación en PISA no puede seguir siendo una decisión que cada administración toma o deshace a discreción. Perú hizo lo mismo: lleva dos décadas de participación ininterrumpida, comparando ciclo a ciclo su evolución. Esa ciclicidad no es arbitraria. Bienvenido el regreso. Pierde lo que más necesita: evidencia. Panamá no participó en el ciclo 2025, cuyos resultados el mundo comparará en los próximos años. Cuando se convierte en una variable discrecional, el costo no lo paga el gobierno que decide retirarse. No puede demostrar si mejoró, ni en qué medida, ni gracias a qué políticas. En educación, las páginas en blanco tienen consecuencias que van mucho más allá de un gobierno o de una gestión. La retirada de 2025 no fue la primera. Cuando un país regresa después de una ausencia, no retoma la serie: empieza casi de cero. Polonia partió de resultados magros. Ninguna evaluación alternativa puede sustituir lo que PISA ofrece: una mirada externa, estandarizada y comparable con el mundo. Los países que más han avanzado no son los que obtienen los mejores puntajes. Es el derecho fundamental de una ciudadanía que financia el sistema y merece saber cómo funciona. Los estudiantes panameños no pueden seguir pagando el costo de nuestra intermitencia. Analizó los sistemas que superaban al suyo; identificó brechas concretas; y diseñó una reforma curricular sostenida que le permitió escalar hasta situarse entre los mejores de Europa. PISA debería ser el espejo continuo de la reforma, no su ceremonia de graduación. Regresar en 2029 tiene sentido solo si viene acompañado de un marco institucional que haga irreversible esa decisión. Hoy es reconocida por la OCDE como uno de los pocos países en desarrollo con trayectoria ascendente consistente. Debe estar consagrada como compromiso institucional permanente. El 28 de marzo de 2026, el Ministerio de Educación anunció que Panamá retornará a PISA en 2029. El argumento central que justificó la decisión más reciente fueron los recursos necesarios versus invertir en las transformaciones curriculares en marcha. Los datos faltantes crean un vacío analítico que ninguna prueba alternativa puede llenar retroactivamente. Ahora hay que blindarlo. La autora es presidenta de la Fundación para el Desarrollo Económico y Social de Panamá (FUDESPA). La transparencia en educación no es una opción. Se aseguró, además, que la prueba ERCE (Estudio Regional Comparativo y Evaluativo) de la UNESCO resultaba más adecuada para diagnosticar las fallas del sistema panameño. Dos ausencias que no son anécdotas. Requiere que los resultados —sean buenos o malos— se publiquen, se analicen y se usen para diseñar políticas. También merece analizarse con objetividad: la bienvenida rectificación llega después de haberse pagado el precio de la ausencia. Mientras esa participación dependa del presupuesto disponible o de la convicción de un funcionario, el patrón se repetirá. Es una página en blanco. En lugar de apartarse del espejo, lo usó. Debería ser una política de Estado, blindada institucionalmente como lo están otras obligaciones con organismos internacionales. La participación de un país en PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes) no debería depender de una decisión presupuestaria ni del criterio de una gestión. Son los que nunca dejaron de medirse y aprendieron de quienes lo hacían mejor. La solución no es solo anunciar el regreso: es garantizar institucionalmente que no haya más salidas. La decisión de volver es correcta, pero deja traslucir una paradoja. Saltarse un ciclo no equivale a perder una fotografía. Si se necesita preparar el sistema antes de evaluarlo, la evaluación deja de ser parte del proceso de mejora para convertirse en su escaparate. Equivale a romper la película. La noticia merece celebrarse. Permite construir series históricas comparables. Son un patrón.
El regreso de Panamá a PISA: de la participación intermitente a la reforma sistémica
Panamá anunció su regreso al estudio internacional PISA en 2029. Esta noticia marca un abandono de su participación intermitente, que impedía rastrear el progreso y comparar resultados. El artículo sostiene que la participación en PISA debe ser un compromiso institucional permanente, no dependiente de la decisión de un gobierno específico o del presupuesto disponible. Analizando las experiencias de países como Perú y Polonia, la autora demuestra que solo la evaluación sistemática y la comparación con sistemas líderes pueden llevar a mejoras reales en la educación.