En un clima de desconfianza geopolítica, cada contrato de infraestructura o concesión portuaria debe ser un libro abierto. El favoritismo, real o percibido, hacia uno de los bloques solo sirve para alimentar las sospechas de Washington o provocar el repliegue de Beijing, dejando a Panamá en medio de una tormenta diplomática innecesaria. Al fortalecer nuestras instituciones y asegurar procesos de licitación competitivos y auditables, el Gobierno nacional envía un mensaje claro: en el Istmo, el único interés que prevalece es el panameño. En ese juego de ajedrez global, la mayor ventaja de Panamá es su ubicación y la neutralidad constitucional. El mensaje es claro: cada contrato firmado con una empresa estatal china es analizado en Washington como un posible retroceso en la alianza histórica entre Panamá y Estados Unidos.
El ajedrez de la neutralidad: sacar el mejor provecho Ante ese escenario, Panamá no puede permitirse ser un espectador pasivo. Lo que para muchos es una muestra de hermandad cultural, para otros es el recordatorio de que Panamá se ha convertido en el principal tablero de ajedrez de la influencia asiática en el hemisferio occidental, bajo la mirada vigilante y, a veces, asfixiante de Washington. Una herencia de siglos y el giro del acero.
La relación entre Panamá y China no comenzó con los acuerdos diplomáticos de 2017. China no sólo es el segundo mayor usuario del Canal, sino que su presencia en las costas panameñas ha pasado de ser comercial a ser una pieza clave de su iniciativa de la “Franja y la Ruta”. El Canal en la mira: la presión de Washington. Ese avance no ha pasado desapercibido para Estados Unidos. Si sabemos jugar las cartas, el Istmo puede seguir siendo el punto de encuentro donde el capital estadounidense y la eficiencia asiática convivan para beneficio del desarrollo nacional. Evidencia de la larga presencia de China en Panamá.
El desafío del Gobierno nacional no es elegir un bando, sino maximizar el provecho de ambos mundos. De China, hay que atraer inversión de alta tecnología y financiamiento para infraestructuras necesarias (como el tren hacia el interior o la gestión hídrica), pero bajo condiciones de transparencia que no comprometan nuestra jurisdicción. De Estados Unidos, hay que apalancar la posición estratégica de Panamá para exigir mayores incentivos comerciales, transferencia tecnológica y apoyo en seguridad, recordándoles que la lealtad de un socio se cultiva con cooperación, no sólo con advertencias, amenazas y propagando mentiras. Para que esa estrategia de ”sacar el mejor provecho de ambos mundos” no se convierta en una peligrosa cuerda floja, existe un requisito innegociable: la transparencia absoluta en las licitaciones públicas. Sólo con reglas del juego claras podremos convertir la rivalidad entre potencias en una competencia de beneficios para nuestro desarrollo, transformando las presiones externas en oportunidades de inversión productiva.