En una palabra: bioeconomía. Pero en Panamá esa cadena está incompleta. Lo que hoy sale como materia prima podría convertirse en productos terminados, con mayor retorno económico. Panamá se encuentra en un momento oportuno para articular su Estrategia Nacional de Bioeconomía. Es la falta de una estrategia para convertirlos en valor. Panamá no necesita descubrir su bioeconomía. ¿Cuánta bioeconomía hay en una cerveza? Cada año se consumen millones de litros en el país. Es un problema de cómo se produce y quién captura el valor de esa producción. Panamá tiene los recursos, el talento y ejemplos concretos de que es posible hacerlo distinto. Ese capital natural, que podría sostener nuevas industrias, permanece en gran medida olvidado y sin valorizarse. Panamá vende el ingrediente, cobra el precio más bajo de la cadena y deja ir el valor agregado. Los datos lo confirman. Esto no solo ampliaría la matriz productiva, sino que generaría empleos más calificados y mejor remunerados en zonas rurales, donde hoy se concentra la producción primaria. Este enfoque también transformaría la manera en que se distribuye la riqueza. Sin etiquetas ni teorías complejas, eso ya es bioeconomía en práctica. La decisión pendiente es si va a seguir exportando materia prima o empezar a capturar el valor que hoy deja ir. La autora es biotecnóloga y coordinadora de la estrategia nacional de bioeconomía desde la SENACYT. Café, caña, piña o recursos marino-costeros siguen una lógica similar: Panamá exporta materia prima o productos con bajo nivel de transformación, mientras el valor agregado se genera en otros países. Las cadenas de valor se interrumpen antes de tiempo y terminan fuera del territorio. Esto ocurre en un contexto excepcional. Sin embargo, la mayor parte de la producción se concentra en dos grandes empresas que importan los insumos clave. Son iniciativas que conectan clima, suelo y conocimiento local con producción. La Estrategia Nacional de Bioeconomía permitiría anclar en el país procesos de mayor valor: transformación industrial, desarrollo de bioproductos, innovación aplicada a la agricultura y uso eficiente de residuos. En el caso de la cerveza, la demanda es alta, constante y local. El resultado es un modelo que se ensambla en territorio nacional, pero captura poco valor local. Producimos el producto final, pero no desarrollamos los eslabones que más valor generan. El contraste ya existe dentro del mismo mercado. Al extender las cadenas de valor dentro del territorio, los beneficios económicos dejarían de concentrarse en etapas externas y empezarían a impactar a las comunidades productoras. Las iniciativas que ya avanzan desde el sector privado y académico representan un capital valioso y ahora enfrenta el desafío de ensamblarlas en un modelo coherente. Mientras tanto, el mercado ya está ahí. No se trata de reemplazar lo que ya existe, sino de valorizarlo: pasar de ensamblar a transformar, de exportar insumos a desarrollar productos, de depender de importaciones a construir capacidades propias. El problema no es la falta de ingredientes. Se repite en otros sectores productivos. No es solo una bebida: es una cadena productiva basada en recursos biológicos. No es un problema de consumo. Detrás de cada pinta hay un proceso que combina cebada, lúpulo, agua y levadura con fermentación controlada, filtrado, manejo de biomasa y logística. Cervecerías artesanales y productores locales han empezado a integrar ingredientes nacionales —frutas, café, cacao— en procesos que generan identidad y valor en origen. Panamá concentra cerca del 5% de la biodiversidad del planeta en apenas el 0.1% de su superficie. La bioeconomía representa el 7.5% del PIB panameño, según CEPAL (2023), muy por debajo del promedio centroamericano, que ronda el 23%. Produjo esta columna en el Programa de Escritura ‘Pensar Panamá/Narrar la Democracia’, de Concolón y la Embajada del Reino Unido en Panamá. La diferencia no es menor: refleja una estructura productiva que aún no aprovecha su base biológica para diversificar la economía. Cerrar esa brecha no depende de descubrir nuevos recursos, sino de transformar los que ya existen. El país produjo 255 millones de litros de cerveza el último año —unos 64 por persona, según el INEC—, uno de los consumos más altos de la región. Lo que falta es dirección, una visión común. Sin embargo, ese aporte sigue siendo marginal frente a la estructura dominante y, en muchos casos, hasta invisible en las estadísticas. El problema no es exclusivo de la cerveza. Cada ecosistema alberga microorganismos, compuestos y recursos con potencial farmacéutico, agroindustrial y biotecnológico aún sin desarrollar. Ya la tiene.
La bioeconomía panameña: de la materia prima al valor agregado
El artículo analiza el estado de la bioeconomía en Panamá, destacando que el país cuenta con todos los recursos necesarios pero pierde beneficios al exportar materia prima en lugar de desarrollar su propia procesamiento y crear valor agregado. La autora llama a la formación de una estrategia nacional unificada para maximizar el potencial biológico del país.